¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los coros
de los ángeles?
Rainer María Rilke: Las Elegías del Duino.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
Miguel Hernández: "Elegía a Ramón Sijé"
Los árboles apuntando al cielo
con el fémur abierto,
un bosque de preguntas
entre la tolla
y los helechos encenagados
y...ninguna respuesta,
oro seco para encerrar
el deseo de romper y de talar
la incertidumbre,
oro seco en tu boca
y en las raices que te abrazan,
hospitales con la boca desdentada
de morder amigos moribundos,
al acecho la lluvia en la retina donde
la espiral
o el vértice de tu respiración
se hacían arcilla recién amasada.
La puerta de un desván polvoriento
se abría entre la nieve,
y otra puerta con voces y más voces
de agua, de hojas, de risas,
de avellanas trituradas entre las piedras,
de caminos masticados paso a paso,
de pinceles ya de humo de colores...
esa puerta que se entorna inexorable,
Rilke dice que la van cerrando los soplos de los ángeles,
pero nadie ha sentido en los pinares de Valsaín
mejor música que la creada por las huellas
de la savia y de los huesos
en los cuencos efímeros
de la armonía recién encontrada.
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